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Efectos negativos de la iluminación nocturna en la urbe. ¿Qué nos dice la gente en Santiago?

Durante un buen tiempo hemos aprendido que los seremos humanos y en general, todas las criaturas vivientes dependen de su reloj biológico para un correcto comportamiento físico y psicológico. Este reloj biológico se nivela a través del ciclo circadiano, esta “danza” entre los estímulos de la luz que podemos percibir con el día y la noche por medio del sistema visual. Pero ¿qué hemos podido investigar tras años de estudios científicos?

Ya no es suficiente con comprender asuntos propios de la iluminación en el día, que es cuando realizamos la mayoría de nuestras actividades habituales. La vida moderna también nos ha llevado a extender los horarios de actividad más allá de lo recomendable y podemos hacer de espacios no aptos para su uso, espacios de trabajo y estudio, gracias a la iluminación. Sin embargo, uno de los temas cruciales, pero a menudo descuidado, es la iluminación nocturna de las urbes.

La mayoría del alumbrado público nocturno escapa a cualquier tipo de planificación y control y muchas veces se convierte en una real molestia o problema para habitantes y vecinos de ese entorno. Esto es particularmente relevante porque nuestras ciudades ahora funcionan las 24 horas del día, los 7 días de la semana, y es por eso que cuanto más iluminamos nuestro entorno, más conscientes deberíamos ser de sus consecuencias.

Tras una encuesta llevada a cabo por Fundación Ciluz, pudimos conocer de mejor manera cuál era la realidad en iluminación que vivían muchos miembros de nuestra comunidad. Las preguntas fueron simples pero bastante contundentes sus respuestas, dejando ver que muchas de las deficiencias que sufren habitantes de todas las grandes urbes del planeta, se dan también en Santiago de Chile, de donde provinieron el 46% de las respuestas.

Si bien en este testeo, el 72% de los participantes señalaron no presentar deficiente iluminación natural, el 48% indicó que habita espacios con exceso de luz artificial, haciendo notar, por ejemplo, que son víctimas de “luz intrusiva” por las noches. Un porcentaje bastante alto si lo asociamos con las consecuencias que puede tener en la salud de los habitantes de la capital de Chile.

Pocas veces se trata el efecto que puede llegar a producir en sus ciudadanos una mala iluminación. Para que los pueblos prosperen, las autoridades deben tomar en cuenta y comprender el impacto de una “buena luz”, sobre todo si hay factores que convergen como la biodiversidad, es decir, crear entornos iluminados que se centren en el ser humano, que sean respetuosos con la naturaleza y respetuosos con el cielo nocturno.

¿Qué nos dice la experiencia de otras ciudades? En otras latitudes, la implementación de un plan de iluminación ha favorecido al desarrollo de las urbes de manera positiva. Es cierto que a diferencia de otros sectores del planeta, en Latinoamérica la temática “seguridad” suele ser recurrente para justificar un uso extra de luminarias, pues está la errada concepción que así se “espanta” las malas prácticas y los barrios se vuelven más confiables para sus habitantes. Lo cierto es que no existen indicadores que ratifiquen lo antes expuesto, más bien, los estudios revelan que una buena iluminación, respetuosa con el entorno, fomenta el arte y la cultura, realza el patrimonio, la apariencia y la atmósfera de una ciudad; impulsa la economía, el turismo y el uso de los espacios públicos, mientras que, de manera crucial, también apoya la biodiversidad, la salud y la calidad de vida de los residentes y sus visitantes.

Pero volviendo a las preguntas hechas a nuestra comunidad de Santiago de Chile, nos surge una nueva interrogante, y tiene que ver con el ser conscientes de todos estos cambios y beneficios a los que podemos acceder, por eso preguntamos: ¿Has notado efectos negativos en tu salud mental y/o física por exceso o falta de luz?

Quienes participaron de esta encuesta, el 58% respondió haberse visto afectado, nuevamente una cifra bastante alta. Y es aquí donde podemos ver las respuestas más interesantes al pedir una justificación por esta opción:

“Exceso de luz artificial en la noche. Luces de cancha de fútbol del estadio español muy invasivas, muy intensas, muy desagradables”.

 “Dificultad para dormir, irritabilidad, encandilamiento por luminarias públicas, percibo la noche como una escala de grises”.

 “Me canso más por la falta de luz natural. Me cuesta despertar porque amanezco a oscuras, y dado que tengo que tener luz artificial encendida todo el día, en la noche me cuesta quedarme dormida”.

Si bien necesitamos sentirnos seguros, protegidos y cómodos en el entorno urbano después del anochecer, la luz brillante y la iluminación excesiva sólo brindan la “ilusión de seguridad”. Lo cierto es que afecta a la visión e incluso gatillar el deslumbramiento que bien sabemos puede cegarnos, disminuyendo nuestra capacidad de reconocer objetos en las sombras y percibir posibles amenazas o peligros; ni hablar del confort visual que como bien pudimos apreciar en los testimonios de nuestra encuesta, siempre trae aparejada una molestia significativa.

La legibilidad de un espacio es particularmente importante después del anochecer, ya que ayuda a la comprensión (lo que hemos llamado nuestro nivel cognitivo en función del espacio observado). Sabemos que la “buena luz” reduce los sentimientos de desorientación e inquietud, esa sensación que nos alberga y propicia, en gran medida, la percepción de que un espacio es peligroso.

Podemos decir entonces, que las ciudades, nuestras ciudades deben trabajar con diseñadores de iluminación que estén familiarizados con el diseño urbano y la forma en que operan y se habitan las ciudades modernas. Esto implica sostenibilidad en el más amplio de los sentidos, contaminación lumínica, tecnología en iluminación, salud y bienestar para nosotros y los efectos ambientales para nuestro planeta, códigos de energía, legislación actualizada, etc. Las autoridades deben comprender los beneficios de preservar la oscuridad mientras se proporciona seguridad, protección y accesibilidad, considerando también las necesidades de nuestra cultura que no para durante las 24 horas.

Fotos: Cristián Castillo by Unsplash

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